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El trabajo de los 1.200 asistentes personales de Castilla y León permite que personas con discapacidad y mayores continúen con sus vidas de forma digna y autónoma durante el estado de alarma por el coronavirus

“¿Por qué tienes que salir de casa cuando me dices que no se puede ir a la calle y la televisión habla de que hay que cuidarse del coronavirus?”. Es la pregunta que más de una vez ha planteado el hijo de 11 años de Hénar. Ella le responde que tiene que ir a trabajar por que una persona necesita su ayuda. Es Rocío, una joven de Valladolid con 39 años, que tiene parálisis cerebral y que requiere los cuidados y la compañía de su asistente personal. Una figura profesional más imprescindible, si cabe, en una crisis sanitaria que ha decretado el confinamiento social para evitar contagios por Covid-19. No en vano, el asistente realiza o ayuda a realizar las tareas de la vida diaria a otra persona que por su situación de dependencia no puede realizarlas por sí misma o le resulta muy difícil hacerlas. En definitiva, su trabajo permite que el usuario, ya sea una persona mayor o con discapacidad, pueda llevar una vida independiente de forma autónoma y activa, al permitirles que residan y desarrollen su vida cotidiana en su entorno físico y social.

Hénar Gómez es una de las más de 1.200 asistentes personales que hay en Castilla y León, una figura profesional que está reconocida como una prestación económica dentro del Catálogo de Prestaciones de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. Lleva casi tres años con Rocío Molpeceres, que por su discapacidad está postrada en una silla de ruedas y, según reconoce a la Agencia Ical, necesita ayuda “para todo”. En las 13 horas a la semana que acude a su domicilio de Valladolid, Hénar se encarga de su aseo personal y le da el desayuno. Pero su labor no se limita a ser un auxiliar del servicio de ayuda a domicilio porque el asistente personal es mucho más. Es un profesional que acompaña al usuario allí donde desee ir y ayudarle a desarrollar la actividad para que tenga una vida independiente.

Lo explica a la perfección Verónica Rebollo, otra asistente personal en Medina del Campo (Valladolid), quien se encarga de Inmaculada, una gran dependiente por su tetraplejia. “Soy sus pies y sus manos”, subraya. No en vano, Inmaculada Herrero toma sus propias decisiones y su asistente está ahí para llevarlas a cabo. “Ella planea todo y ella manda porque es una persona joven, activa y con mucha vida social”, precisa. De este modo, la acompaña a la peluquería, a cenar con sus amigos y compañeros de trabajo, a sus clases particulares de inglés, a salir de compras o acompañarla en tren a Valladolid. Bien es cierto que, ahora con la crisis sanitaria, toda esa actividad se ha truncado y se limita al cuidado personal, la limpieza y desinfección de la casa, la comida y la compañía. No en vano, Verónica es una asistente personal que facilita el descanso a la persona interna que cuida y atiende a Inmaculada de lunes a viernes.

La presencia de ambas asistentes personales es clave durante el estado de alarma y la crisis sanitaria porque tanto Rocío como Inmaculada son personas de muy alto riesgo, con habituales problemas respiratorios. Hasta el punto de que no dudan en hablar de que un contagio de coronavirus, posiblemente, acabaría con sus vidas. De ahí la importancia de que puedan recibir los cuidados personales necesarios y mantener sus rutinas durante el periodo de confinamiento porque “la vida sigue”. También, obliga a que sus asistentes personales extremen las medidas de higiene y de protección para evitar infecciones.

Otra asistente personal es María José Hernández, una mujer que acude, desde noviembre, algunas tardes a hacer compañía a un chico de 13 años con autismo, aunque aún no esté diagnosticado. Su presencia con Carlos es también clave por la empatía existente entre ambos y para superar, en la medida de lo posible sus conductas disruptivas, provocadas por el confinamiento entre los niños con TEA (Trastorno del Espectro Autista). La madre de Carlos, Teresa Alaguero, asegura a Ical que la falta de rutinas como ir a su colegio (Centro de Educación Especial San Juan de Dios) y a sus clases de apoyo en la asociación Down Valladolid influye en su comportamiento. “Hace unos días, intenté bajar a la calle con mi hijo pero nos tuvimos que volver a casa porque se alteró mucho al decir que no quería salir por si nos contagiábamos del virus”, explica. En cambio, Carlos ya ha salido varias veces a la calle con María José, con total normalidad.

La buena sintonía entre ambos ha provocado que la asistente personal acuda una tarde más al domicilio de la familia, desde el inicio del estado de alarma y la suspensión de las clases. “María José no viene más por que no me lo puedo permitir económicamente pero veo que su presencia le tranquiliza mucho. Puede estar alterado pero es ver a su asistente y se calma”, confiesa Teresa.

Estos tres usuarios reciben el servicio de asistencia personal a través de la Plataforma Representativa Estatal de Personas con Discapacidad Física (Predif) en Castilla y León, aunque hay otras entidades en la comunidad como Salud Mental, Fundación Once, ASPAYM y Fundación Personas que prestan esta figura a sus usuarios. La asistencia personal es una profesión que aún no está regulada, por lo que no existe un registro del número de trabajadores. Los únicos datos disponibles son los del Imserso que, en su último informe, recoge que existen 1.245 prestaciones de asistentes personales en la Comunidad, solo superada por los más de 6.300 del País Vasco. La cifra de este tipo de profesionales rondará ese número porque algunos asistentes personales tienen dos usuarios para cumplimentar la jornada laboral y otras personas tienen más de un trabajador si requieren acompañamiento más de siete horas al día.

Rocío Molpeceres, la joven con parálisis cerebral, reconoce que la crisis sanitaria generada por el Covid-19 le ha cambiado su vida al no poder salir de casa ya que ella es una persona activa y con mucha presencia en el asociacionismo. “En condiciones normales, me encanta ir de compras, pasear, viajar o dar charlas y mi asistente es clave para hacer todo eso”, afirma. Ahora, su contacto con el exterior es a través de internet y las redes sociales, un mundo en que es toda una experta. Agradece la presencia de Hénar todos los días en su domicilio porque ella es una persona de mucho riesgo ya que por su discapacidad tiene escoliosis, que le provoca dificultades respiratorias. “Desde el primer momento se ofreció a venir, sabiendo que era importante para mí seguir con las rutinas”, precisa. De ahí, que su asistente haya extremado las medidas de higiene y prevención para evitar un posible contagio. “Llevo la protección máxima porque pienso mucho en la debilidad de Rocío”, subraya.

Recuperar la vida normal

Una vez que se levante el confinamiento y bajen los efectos de la pandemia, Rocío espera recuperar, poco a poco, su vida normal y eso será posible con la ayuda de su asistente personal. “Vivo con mis padres en Valladolid pero esta profesional me permite hacer una vida independiente, como cualquier chica. Es una persona de confianza que me permite ser y no solo estar porque tomo mis propias decisiones. Desde los quince años, deseaba tener esta independencia y me llegó a los 36. Por lo tanto, es un sueño cumplido”, sentencia orgullosa.

Un sentimiento que corrobora Hénar, su asistente de 50 años, ya que su presencia supone un desahogo para sus padres y es importante para la parte emocional de la joven con discapacidad. “Es una persona que necesita un asistente para llevar a cabo su proyecto de vida personal”, explica. Además, destaca la flexibilidad que le permite este empleo, ya que le permite conciliar su vida familiar y continuar con sus estudios.

Teresa, la madre del chico con autismo, valora la figura del asistente personal que facilita que su hijo esté activo pero, a la vez, tranquilo. “Es muy duro ver a un niño con este trastorno tantas horas encerrado en casa, por lo que, ante la ausencia del colegio, le viene muy bien ver a una persona que es de su entorno familiar como María José”, apunta. En el mismo sentido se pronuncia la asistente personal, quien considera que su presencia allí es más necesaria que nunca, ahora que no puede ir al colegio ni salir. “Él me lo agradece y sonríe”, expone. Además, disfruta de los paseos terapéuticos de veinte minutos, después de que el Gobierno permitiera salir a la calle a las personas con discapacidad, que tengan alteraciones conductuales, como por ejemplo personas con diagnóstico de espectro autista y conductas disruptivas, con un acompañante. “Al principio, la gente nos miraba sorprendida pero luego, al saber que las personas con autismo podían salir, no hubo problemas. Les viene muy bien despejarse y cambiar de aires”, concluye.

Ajustar horarios

En el caso de Inmaculada Herrero, las 24 horas a la semana que viene su asistente personal le permiten seguir con su vida habitual y suplir el descanso semanal de la persona interna que tiene en su casa. Antes, su horario se concentraba el fin de semana y las noches pero ahora, por una disposición legal, se distribuye en dos dos tardes (tres horas cada una) y las 12 horas diurnas del sábado. “Su presencia aquí es obligatoria porque tiene que atender mis necesidades básicas”, expone. Y pone como ejemplo, que su tetraplejia le impide voltearse en la cama y hacer el giro postural cada tres horas. Es decir, a sus 51 años es una gran dependiente.

La epidemia del coronavirus le impide acudir al Hospital de Medina del Campo, donde es administrativa, pero teletrabaja desde su domicilio. Sabe que es una persona de alto riesgo ante la crisis sanitaria por su afección pulmonar y su restricción respiratoria. “Si me contagio, sería fatal. Incluso la muerte. Intentas no pensarlo pero es inevitable tener miedo y angustia”, expone. De ahí que acepte de buen grado el confinamiento pese a reconocer que ha tenido cambiar sus hábitos como no ir a trabajar, al gimnasio, dar un paseo, cenar con los amigos o reunirte con la familia.

Pese a tener una nómina, “más o menos digna”, no puede hacer frente al pago de una persona en régimen interno (alojamiento y manutención) y al de un asistente personal. De momento, disfruta de la subvención económica de la Consejería de Familia para la asistencia personal. “La ley de la dependencia se queda muy coja porque te penaliza por trabajar y tener una discapacidad, por lo que recibo de la Junta una cantidad irrisoria al comprobar solo los ingresos y no los gastos a afrontar”, lamenta.

Inmaculada agradece la profesionalidad y la responsabilidad de Verónica, además de valorar que sea de Medina del Campo, lo que facilita su trabajo. La asistente personal, de 44 años, lleva desde 2017 con esta figura, que le ha permitido estar con niños con discapacidad en campamentos de verano, el cuidado de menores discapacitados y ahora con Inmaculada. “En el Ecyl, pese a tener el curso de asistente persona, me pusieron como cuidadora. Y es que esta figura se confundo con la ayuda a domicilio o auxiliar. Tenemos algunas funciones pero somos mucho más porque facilitamos que nuestros usuarios tengan una vida lo más autónoma posible”, sentencia. No en vano, destaca que las personas -ya sean mayores o con discapacidad- toman sus propias decisiones. De ahí que considere fundamental que exista una buena sintonía entre usuario y asistente personal. “Hay que comprenderle y entenderle”, concluye.

 

(Reportaje publicado en El Bierzo Digital el 23 de abril de 2020)